Cuando iba en colectivo a mi primer día de clases, se podían ver albañiles yendo a trabajar en bicicleta. Viajando en grupo como bandadas de patos, esperando la llegada del mediodía para comprar pan y fiambres, y cerveza o coca. Comenzaba Abril y el calor parecía no querer irse todavía.
Había estado cuatro años estudiando Derecho. No sé bien porqué, pero terminar la secundaria y empezar la universidad no había marcado nada en mi vida, o yo no estaba listo para que eso sucediera, para dar un “nuevo paso”. Así que elegir y estudiar Derecho resultó algo natural para mí. Al comienzo me iba muy bien con las notas y tenía tiempo para hacer cualquier otra cosa que quisiera; después ya no me fue tan bien y era mucha la porquería que tenía que leer.
Las cosas cambiaron mucho un verano, como en el cine supongo. Conocí a Cecilia, me hice un tipo feliz, estuve un último año y medio a los golpes en Derecho, y decidí cambiarme a Historia. Pero empecé la carrera soltero. En los meses anteriores esa relación profunda e inolvidable se fue degenerando hasta terminar.
Me bastó una semana para descubrir que era un mundo nuevo el de la facultad de Filosofía y Letras. Al ser menor la cantidad de alumnos, uno no era un número, la gente parecía mucho más natural y espontánea y, claro, estaba el contenido, notoriamente más interesante y humano. A pesar de eso, estuve solo prácticamente todo el primer mes, escuchando las conversaciones de otros o leyendo algo para matar el tiempo. Iba cada tanto a la biblioteca a leer cosas que llevaba. Podía comprobar, en esas oportunidades, que los bibliotecarios eran los tipos más amables de la tierra, muy atentos y cariñosos con uno, y tenía la convicción de que eran excelentes esposos y mejores padres.
Como había muchos alumnos en relación al poco espacio del lugar, para algunas materias teníamos que ir al aula dos horas antes, y, cuando nos trasladábamos de una a otra, había que cargar nuestro propio banco porque no había suficientes. Se necesitaba velocidad y mucha atención para conseguir uno en las cercanías antes que los otros lo hicieran, para no tener que alejarse mucho en busca de alguno perdido por los alrededores de la facultad, todavía mojado por el rocío o la lluvia.
Cuando hacíamos tiempo en los pasillos hasta que se desocupara un aula, me entretenía buscando apellidos graciosos en las listas con notas de exámenes pegadas en las paredes y en los murales. Los pasillos siempre estaban superpoblados de gente. Eran tiempos difíciles, pero la cerveza continuaba con el mismo sabor.
De a poco empecé a identificar y diferenciar a algunos compañeros. Había dos que participaban mucho en clases y fueron por lo tanto los primeros en destacarse. Ambos eran gordos, cada uno con su propio estilo. Uno acababa de egresar de la secundaria y parecía estar realmente enfermo de la cabeza, pero, al no comunicarme con nadie en esos momentos, no podía saber si el resto de la gente coincidía conmigo o no. Tenía la nariz aplanada de un boxeador y hablaba con delicadeza y aire intelectual, o sea, era una persona profundamente desagradable. Siempre algún comentario salía de su boca, pero nunca tenía mucho que ver con el tema que se trataba. Aprovechó una clase sobre “Patrimonio Cultural” para contarnos que uno de sus antepasados era el fundador de San Carlos de Bariloche y que en esa ciudad la gente sí respetaba su patrimonio. Supuse que se refería a los ositos de chocolate y al perro San Bernardo que sale en las fotos de los egresados. Le empezamos a decir “Bariloche” por eso. A nadie le interesaba saber el nombre real de alguien tan desagradable.
Bariloche era una caja llena de insanias: hablaba de “deja vú histórico” y relacionaba la conquista de América con algunos relatos de la mitología griega, parloteaba sobre los tesoros robados por los nazis y afirmaba el origen marciano de las pirámides egipcias. En esa oportunidad, el profesor lo invitó a abandonar la clase.
Uno de esos días de los primeros meses, antes de una clase, lo escuché contar chistes a un grupo de compañeras. Los chistes no tenían sentido y podía ver como las chicas se ponían cada vez más incómodas. Eran de su bodega personal y se reía con fuerza, como un actor actuando. Como yo estaba dándoles la espalda, me costaba creer que fuera cierto lo que escuchaba, lo que estaba pasando. No podía creer que hubiera gente tan trastornada. Realmente parecía un sketch. Los chistes ni siquiera tenían la estructura de uno.
El otro gordo, René, era gordo en serio. Un buda trigueño. Me resultaba muy costoso entender cómo esas piernitas flacas soportaban el peso de su panza, su papada y de sus dedos, con la carne rodeando cada falange como choricitos. El ojo derecho miraba un poco hacia fuera. Parecía un sabio. De hecho, hablaba en forma parsimoniosa como si lo fuera y, si bien cuando participaba en clase divagaba demasiado, lo que decía tenía coherencia. Cuando esperábamos en los pasillos, escuchaba cómo siempre conversaba con una compañera que, como él, parecía rondar los 30 y pico de años. Ella abandonaría la carrera a los pocos meses y siempre dejaba sin pintar alguna de las uñas de sus manos. El sabio negro satisfecho le hablaba sobre la vida. Al parecer, en el pasado René había elegido el mal camino y, nunca lo dijo, pero en sus comentarios siempre estaba en forma implícita la idea de que ahora “Había encontrado el camino”, de que Buda había encontrado al Señor.
Como reacción a esos dos personajes verborrágicos decidí participar muy poco o nada en clase.