1

Cuando iba en colectivo a mi primer día de clases, se podían ver albañiles yendo a trabajar en bicicleta. Viajando en grupo como bandadas de patos, esperando la llegada del mediodía para comprar pan y fiambres, y cerveza o coca. Comenzaba Abril y el calor parecía no querer irse todavía.

Había estado cuatro años estudiando Derecho. No sé bien porqué, pero terminar la secundaria y empezar la universidad no había marcado nada en mi vida, o yo no estaba listo para que eso sucediera, para dar un “nuevo paso”. Así que elegir y estudiar Derecho resultó algo natural para mí. Al comienzo me iba muy bien con las notas y tenía tiempo para hacer cualquier otra cosa que quisiera; después ya no me fue tan bien y era mucha la porquería que tenía que leer.

Las cosas cambiaron mucho un verano, como en el cine supongo. Conocí a Cecilia, me hice un tipo feliz, estuve un último año y medio a los golpes en Derecho, y decidí cambiarme a Historia. Pero empecé la carrera soltero. En los meses anteriores esa relación profunda e inolvidable se fue degenerando hasta terminar.

Me bastó una semana para descubrir que era un mundo nuevo el de la facultad de Filosofía y Letras. Al ser menor la cantidad de alumnos, uno no era un número, la gente parecía mucho más natural y espontánea y, claro, estaba el contenido, notoriamente más interesante y humano. A pesar de eso, estuve solo prácticamente todo el primer mes, escuchando las conversaciones de otros o leyendo algo para matar el tiempo. Iba cada tanto a la biblioteca a leer cosas que llevaba. Podía comprobar, en esas oportunidades, que los bibliotecarios eran los tipos más amables de la tierra, muy atentos y cariñosos con uno, y tenía la convicción de que eran excelentes esposos y mejores padres.

Como había muchos alumnos en relación al poco espacio del lugar, para algunas materias teníamos que ir al aula dos horas antes, y, cuando nos trasladábamos de una a otra, había que cargar nuestro propio banco porque no había suficientes. Se necesitaba velocidad y mucha atención para conseguir uno en las cercanías antes que los otros lo hicieran, para no tener que alejarse mucho en busca de alguno perdido por los alrededores de la facultad, todavía mojado por el rocío o la lluvia.

Cuando hacíamos tiempo en los pasillos hasta que se desocupara un aula, me entretenía buscando apellidos graciosos en las listas con notas de exámenes pegadas en las paredes y en los murales. Los pasillos siempre estaban superpoblados de gente. Eran tiempos difíciles, pero la cerveza continuaba con el mismo sabor.

De a poco empecé a identificar y diferenciar a algunos compañeros. Había dos que participaban mucho en clases y fueron por lo tanto los primeros en destacarse. Ambos eran gordos, cada uno con su propio estilo. Uno acababa de egresar de la secundaria y parecía estar realmente enfermo de la cabeza, pero, al no comunicarme con nadie en esos momentos, no podía saber si el resto de la gente coincidía conmigo o no. Tenía la nariz aplanada de un boxeador y hablaba con delicadeza y aire intelectual, o sea, era una persona profundamente desagradable. Siempre algún comentario salía de su boca, pero nunca tenía mucho que ver con el tema que se trataba. Aprovechó una clase sobre “Patrimonio Cultural” para contarnos que uno de sus antepasados era el fundador de San Carlos de Bariloche y que en esa ciudad la gente sí respetaba su patrimonio. Supuse que se refería a los ositos de chocolate y al perro San Bernardo que sale en las fotos de los egresados. Le empezamos a decir “Bariloche” por eso. A nadie le interesaba saber el nombre real de alguien tan desagradable.

Bariloche era una caja llena de insanias: hablaba de “deja vú histórico” y relacionaba la conquista de América con algunos relatos de la mitología griega, parloteaba sobre los tesoros robados por los nazis y afirmaba el origen marciano de las pirámides egipcias. En esa oportunidad, el profesor lo invitó a abandonar la clase.

Uno de esos días de los primeros meses, antes de una clase, lo escuché contar chistes a un grupo de compañeras. Los chistes no tenían sentido y podía ver como las chicas se ponían cada vez más incómodas. Eran de su bodega personal y se reía con fuerza, como un actor actuando. Como yo estaba dándoles la espalda, me costaba creer que fuera cierto lo que escuchaba, lo que estaba pasando. No podía creer que hubiera gente tan trastornada. Realmente parecía un sketch. Los chistes ni siquiera tenían la estructura de uno.

El otro gordo, René, era gordo en serio. Un buda trigueño. Me resultaba muy costoso entender cómo esas piernitas flacas soportaban el peso de su panza, su papada y de sus dedos, con la carne rodeando cada falange como choricitos. El ojo derecho miraba un poco hacia fuera. Parecía un sabio. De hecho, hablaba en forma parsimoniosa como si lo fuera y, si bien cuando participaba en clase divagaba demasiado, lo que decía tenía coherencia. Cuando esperábamos en los pasillos, escuchaba cómo siempre conversaba con una compañera que, como él, parecía rondar los 30 y pico de años. Ella abandonaría la carrera a los pocos meses y siempre dejaba sin pintar alguna de las uñas de sus manos. El sabio negro satisfecho le hablaba sobre la vida. Al parecer, en el pasado René había elegido el mal camino y, nunca lo dijo, pero en sus comentarios siempre estaba en forma implícita la idea de que ahora “Había encontrado el camino”, de que Buda había encontrado al Señor.

Como reacción a esos dos personajes verborrágicos decidí participar muy poco o nada en clase.

2

La facultad quedaba en un parque. Cuando empezó a hacer frío y del lago subía vapor por la mañana, comencé a relacionarme con algunos compañeros. Había estado muy calentito en mi soledad, pero era hora de un cambio.

Tenía cierto extraño prejuicio hacia la gente que, al menos por una afinidad cultural, estaba destinada a relacionarse conmigo: el grupo de psicobolches, que eran hijos de padres que escuchaban Silvio Rodríguez o Pink Floyd, que tenían posters del Che o Mafalda, y que estudiaban psicología o tenían relación con el teatro de la provincia. Yo me creía muy moderno, claro, así que terminé de amigo del hijo del chofer del “4” y del hijo de un comisario retirado. Era resultado del prejuicio, una amistad nacida en cierta forma por oposición al otro grupo, pero no era algo forzado; yo estaba actuando con sinceridad y fui encariñándome con ellos y ellos conmigo. Era cierto que a veces me aburría, de tanto hablar boludeces o de los mismos chistes, pero nada parecía indicar que con el grupo intelectual fuera a divertirme más. El tema del aburrimiento era una cuestión central en mi vida, pero me siento incapaz de razonar acerca de ello ahora.

Las primeras semanas no podía encontrar chicas que me gustaran. Que me gustaran mucho al menos. Pero sabía que a medida que pasara el tiempo la forma de mirarlas se iría transformando y encontraría la belleza. Como esperaba que ellas hicieran conmigo.

Había tres tipos de chicas. Estaban las psicobolches, que iban vestidas en forma muy sencilla y más que nada con ropa suelta y colorida. Ropa hippie que evocaba nuestro pasado indígena. Luego, las chicas que venían del interior de la provincia y que tenían poca plata, y que escuchaban y bailaban cumbia, o que por su situación no se daban mucho el lujo de salir con amigas y eso, y tenían que concentrarse sólo en estudiar, ayudar en la casa o complacer al novio. Las diferencias en la formación que habían recibido en la primaria y secundaria ambos grupos era muy notable. Entre esos dos había otro: no parecían tener demasiados intereses políticos, artísticos y culturales, pero tampoco parecían llevar una vida con privaciones. Simplemente parecían vivir para estudiar. Llevando una vida típica y tranquila fuera y dentro de la facultad. A esas chicas era más difícil acercarse porque uno no sabía bien de qué temas podía hablar. Algunas, es cierto, eran de una clase media más golpeada que las otras y siempre se vestían con jeans y zapatillas blancas deportivas, y sus carpetas estaban forradas con fotos de símbolos sexuales en decadencia como Patrick Swayze o Van Damme; pero sí parecía que podían darse el lujo de salir cada fin de semana con amigas los viernes y aceptar la invitación de algún hombre los sábados. Además, a diferencia de las chicas con menos plata, participaban en clase y parecían entender bastante. Y luego estaban otras con mejor posición y mejor gusto para vestirse. A esas les iba muy bien, pero no llegaban a interesarse tanto por otras cosas, como para estar más cerca del grupo psicobolche.

3

La última semana de mayo se juntaron los primeros exámenes. El martes que rendíamos Prehistoria conocí a Carlitos, un tipo que odiaba a Bariloche. Más que los otros aún. Tenía nariz y apellido turco, era de mediana estatura, muy flaco y un poco encorvado; tenía la mano derecha doblada hacia adentro y algunos dedos no se movían, o lo hacían apenas con inutilidad; y rengueaba un poco con la pierna izquierda.

Tratando de distendernos, hablábamos estupideces con Manuel, el hijo del comisario, y Nicolás, el hijo del chofer. Había un par de chicas con nosotros y Nicolás no paraba de hacer bromas en doble sentido.
-¿Pero que acaso no ven que hay señoritas acá, que no es un lenguaje digno para ellas? – dijo Carlitos y no sabíamos si reírnos o no. - La otra vez estaba en mi barrio y unos amigos de mi primo hablaban así frente a mis hermanas. Les advertí una vez, dos veces, ¡tres veces! …y bueno, no quisieron parar. Andá al Sanatorio Modelo a ver como terminaron.

Esta vez fue inevitable no reír, bastaba verle el físico.
-¿Vos sabes pelear bien?- Le preguntó Nicolás haciéndose el tonto.
-Claro. Sé karate, tae kwondo, boxeo… ¿qué más?…kung fu. Mi papá es comisario y yo estudio para policía. ¡Así que ojito!.

Volvimos a reír. A partir de ahí las conversaciones con Carlitos fueron todas iguales: los chicos le hacías preguntas burlándose y él respondía a la provocación. Lo hacía enojado, pero tomándoselo con calma. Diría que en parte se lo tomaba en broma, pero Carlitos era un tipo tan extraño que no sé si ese análisis tan ordinario concuerda con su perfil. Comencé a hablar mucho con él. Me encantaba, le preguntaba cosas todo el tiempo, pero siempre trataba de hacerlo con cierto respeto. El pobre tipo, que decía tener veintiuno –quizás era cierto- no paraba de mentir y fantasear, pero ninguna de sus historias parecían contradecirse, su mundo de ficción tenía una lógica interna. Llegué incluso a creerle algunas cosas, o al menos a suponer que lo que decía tenía un trasfondo real; por ejemplo: no había chances de que le creyera que levantaba 75 kilos de pecho plano en el gimnasio, pero podía imaginarme que sí iba a uno para hacer tareas de fisioterapia por su deformación. No le creía tampoco que la explosión de una granada se la hubiera causado.

Pero la cuestión era que Carlitos odiaba a Bariloche porque los dos estaban enamorados de la Santiagueña, una chica que en realidad nunca supe bien que estudiaba pero que era medio puta y medio loca, o puta y loca a secas. Era rubia, y era linda. Salía con un viejo, según se contaba, pero se paseaba por los pasillos de la facultad de la mano de Bariloche o de Carlitos. Los dos la amaban. La chica había atraído a los tipos más chiflados de la facultad. Carlitos decía que lo iba a matar. Se ponía como loco cuando se hablaba de Bariloche y a todos les empezó a gustar provocarlo con eso.

Pero todo eso fue tomando forma con el tiempo.

Al salir de otro de los exámenes de esa semana, me quedé conversando un poco con él.
-¿Cómo te fue?- le pregunté.
- Bien, creo que bien. –me respondió y nos quedamos un rato en silencio. Con él no tenía por que seguir formalidades en la charla. Así que le pregunté directamente:
- Che, y en serio que te gusta tanto la Santiagueña. – Me miró y como respuesta sacó un papelito arrugado del bolsillo y empezó a recitar un poema mirando al cielo:

“Afrodita, reina del amor,
cómo quisiera amarte
día a día, noche a noche
trabajar para vos como las abejas”

“Afrodita, hechicera del amor
cómo quisiera besarte
y que te olvides de él.
Sólo quiero que pienses en mí.
Afrodita, Afrodita”

Temblaba emocionado al recitar. Aunque siempre temblaba un poco y su voz era una voz que de por sí ondulaba. Estiré un poco la cabeza y alcancé a ver una caligrafía desordenada en el papelito.
-¿Es tuyo?
-Sí. Escribo muchos poemas.
-¿Sí?
-Sí.

Después me fui a tomar el colectivo para volver a casa y, como casi todos los días que regresaba a esa hora desde la facultad, un chico de pelo y uñas largas y cejas depiladas estaba sentado en los asientos traseros. Estaba claro que por las noches era travesti, pero de día era sólo un chico extraño recibiendo el calor del motor del colectivo en la cola.

Siempre he sentido un gran cariño hacia el colectivo y hacia el transporte escolar. Los mejores recuerdos de mi escuela primaria están relacionados con el viaje en el transporte escolar y no tanto con las cosas que hacía en la escuela misma. Además era hermoso recorrer la ciudad. Yo vivía lejos de la escuela, por lo que me pasaban a buscar muy temprano y me dejaban de vuelta bastante tarde, así que hacía prácticamente todo el recorrido del transporte. Era una fuente de aprendizaje. Las chicas y los chicos mayores siempre te enseñaban algo, y los mentirosos también. Y a veces llovía y era muy hermoso, o uno hablaba con el chofer, Pedro, que era de Mendoza.

Con el paso del tiempo empecé a encontrarle el gusto a manejar, pero creo que aún teniendo mi propio auto no podría dejar de viajar en colectivo. Sería una gran pérdida.

Mientras atravesábamos el centro el chico travesti, el chofer, las demás personas y yo, subió un vendedor al colectivo. Bolígrafos medio giro americano con punta de acero italiana. Faber acrílico transparente. Mina deslizante. La va a poder deslizar en cualquier dibujo, cualquier trabajo, cualquier papel.

4

Me sentía bien en líneas generales. Eso se podía resumir en otra frase: Me sentía joven. Y no es estúpido decirlo. Un tiempo antes de conocer a Cecilia, tenía veinte años y me sentía viejo y feo. Estaba más solo que un lobo enfermo, estudiando una carrera que no me gustaba. Me mantenía vivo a base de sueños que en definitiva me paralizaban aún más. No era que ahora esos sueños se hubieran cumplido pero, al disfrutar más del presente, no necesitaba refugiarme tanto en la fantasía. Era una ecuación bastante simple. Y eso terminaba acercándome más a que lo que deseaba se cumpliera.

Además, en esa época de senilidad prematura, era muy depresivo. Antes de conocer a Cecilia pensaba en el suicidio casi todos los días. Aunque eso estaba más cerca de ser una expresión infantil, en definitiva reflejaba mi angustia. Con ella dejé de hacerlo.

Era como que en el pasado vivía en números negativos y era vulnerable a todo. Ahora había hecho las paces con la vida, estaba en cero; me sentía bien cuando tenía que sentirme bien y mal cuando la situación lo ameritaba. Y por esas cosas, solía sentirme cualitativamente y en cantidad, más bien que mal.

La ruptura había terminado siendo muy dura, pero eso era otra cosa. Sufrir por amor, incluso mucho, está en los planes, pero la angustia por la vida misma era una porquería y por suerte parecía haber terminado.

La clave era seguir sintiéndome joven. Que los cambios en mi vida fueran no porque algo externo me vencía, sino que aparecieran como un proceso natural y hasta donde pudiera, decidido por mí. Suena demasiado optimista, pero alguna batalla hay que batallar.

5

Algunos días, subíamos las mismas personas en el “4”. Había una chica bastante gorda que tenía la carpeta forrada con un dibujo de un rostro femenino hecho con lápiz. Esos con sombra. Era un rostro calmo, blondo y virginal y casi diría que un poco triste, había un dejo de amargura ahí. La chica rolliza había hecho ese dibujo ingenuo, un rostro hermoso de mujer en su carpeta. Lo había hecho con dedicación, quién sabe si imaginándose así en su fantasía, y el dibujo, reconociendo lo imposible de ese deseo le devolvía una mueca de frustración. La chica del dibujo era sensible. Podría ser vanidosa pero no lo era. El mundo de los feos era un mundo feo y ridículo, apenas un poco más que el de los lindos.

6

El estar de novio lo protegía a uno de muchas cosas. Volver a la soltería me hizo recordar mi anterior condición: la de perdedor, aunque no uno completo, total o patético, es cierto.

El cambio de carrera también fue una bendición en ese sentido. A medida que me integraba y conocía compañeras, iba enterándome de chicas a las que yo les interesaba. Cinco, seis, ¡siete! Era una situación inédita para mí. Claro que había más cantidad que calidad, pero lo que yo necesitaba en esos momentos era recuperar la autoestima que la ruptura del noviazgo se había llevado, no necesariamente carne.

Ese interés parecía funcionar a partir de un error. La mayoría de esas chicas me veían vestido sobriamente, con anteojos, rostro bondadoso y algunas participaciones acertadas en clase, y basándose en eso consideraban que yo era: EL HOMBRE. Buen padre, buen hijo, familiero, eficiente y eficaz en el trabajo e incluso buen amante. Muchas de esas ideas me las trasmitía textualmente una amiga que me contaba todo, pero también yo hacía pasar todo por un nuevo engaño. Por que era cierto que algunas tenían un interés muy sincero en mí, pero a partir de ahí yo fantaseaba que era un amor ciego e incondicional, que esas chicas me esperarían por siempre. Y eso se debía en parte a un prejuicio mío. Muchas de esas chicas eran las chicas del interior o las que tenían dudoso gusto al vestir. Aunque no quisiera, terminaba pensando que me veían como a un tipo perfecto, de clase social superior y que en su sumisión me esperarían por siempre. Por siempre. Por siempre.

Una de ellas se llamaba Rosa y vivía en una ciudad en las afueras de la Capital, que se llamaba El Colmenar. Tenía 26 años, estaba separada y tenía una hijita de cinco. Evidentemente no tenía plata y le costaba mucho estudiar. Tenía un hermoso y nutrido culo pero de cara no me gustaba. Como era morocha, su cara de nariz pequeña me hacía pensar en alguna bruja de Centroamérica. Algo relacionado con el vudú. Después estaba Fernanda, que acababa de terminar la secundaria y vivía en un pueblito que no se podía decir si quedaba en Tucumán o Santiago del Estero porque estaba justo reposando en el límite. Ella parecía tener una mejor situación por lejos. Los datos me despistaban sin embargo; tenía algunos animales en su casa, pero no sabía andar a caballo siquiera, usaba aparatos, la madre era conserje en una escuela, el padre no sé y la hermana tenía un disco de Bob Marley. Fernanda era una mina linda, y me caía bastante bien. Era muy divertida. Eso era importante.

Había tres o cuatro más. Pero no me interesaba mucho ni su historia, ni su físico, e incluso un par me caían realmente mal.

7

No había leído el texto para la clase de Prehistoria, así que no entendía nada de lo que decían. Era algo aburrido. Empecé a mirar para todos lados y terminé volcado hacia la ventana. Había unos tipos trabajando. No hacía frío ese día y estaba muy agradable, hasta para trabajar como albañil.

Ahí estaban pasándose unas tejas enormes. Uno las sacaba de una pila, se la lanzaba a otro, que se la tiraba a uno enfrentado, que se la tiraba a otro subido a un andamio, que a su vez se la daba a otro que estaba en un techo, y ese era el final del recorrido. Unos se balanceaban de izquierda a derecha, para recibir y entregar las tejas en un mismo movimiento regular. Los que las recibían desde abajo y las lanzaban hacia arriba, tenían que doblar un poco las piernas en un ejercicio un poco más exigente. Nunca se les cayó ninguna.

Promediando la clase aparecieron unos chicos pidiendo autorización a la profesora para hablar. Venían de la elección de rector de la universidad, que se había hecho hacía unas cuatro horas en el centro. Todas las agrupaciones de izquierda habían ido a protestar contra el rector que estaba por ser reelegido, entre otras cosas que había por protestar. Un poco la policía, pero más los tipos de Construcciones de la Universidad habían repartido palos. Siempre se los contrataba para amedrentar o pegar. Algunos de los chicos habían terminado con el brazo quebrado, muy golpeados y con cortes.

Un chico que no parecía golpeado contó lo sucedido.
- Por eso, compañeros, lo que queríamos pedirles, con la autorización de la profesora, es que levantemos la clase, cortemos la avenida, nos agrupemos con todos los demás compañeros y marchemos hacia el rectorado para protestar por la brutal represión que nos propinó la gente del Rector y la policía, compañeros.

Uno, que ya la había escuchado hablar a la profesora, sabía, o que era totalmente indiferente a lo que escuchaba o que le generaba un poco de miedo. Pero no dijo nada, y se armó una especie de debate para decidir qué hacer, en el que nadie decía nada interesante. Estaba claro que la clase se iba a suspender.

Todo eso ya estaba decidido cuando Bariloche pidió la palabra. “Se viene la ultra derecha” pensé.

Se levantó del asiento ceremoniosamente y empezó a hablar:
-Si. Bueno. Yo quería decir que desde que yo estoy acá, en esta facultad, siempre, todos los días hay alguien que entra a las clases a hablar de política. ¡SIEMPRE! ¡TODOS LOS DÍAS! Y la facultad está llena de carteles y pasacalles que no dejan caminar – Bariloche parecía muy enojado con todos.

Hubo murmullos. Seguramente había otros que no querían que se suspendiera la clase, pero tenían el buen tino de cerrar la boca.

Una chica de alma caritativa que por ese entonces cada tanto se acercaba a hablar con Bariloche, le dijo agarrándolo del brazo:
- ¡Pero que no ves que los chicos están golpeados!
- Déjenme terminar –dijo para acallar los murmullos que aumentaban-. Yo al comienzo estaba en contra. Pero ahora…pero ahora digo ¡BASTA, IGUAL QUE USTEDES! No puede ser que nos golpeen así, tengo tanta bronca. ES TAN INJUSTO, mataría a cualquiera que se me cruzara, ¡ME GUSTARÍA MATAR A ALGUNOS DE LOS QUE LES PEGARON!… compañeros. Propongo que levantemos la clase y ¡CORTEMOS LA AVENIDA Y MARCHEMOS AL RECTORADO!… compañeros.

Yo sólo veía su espalda y que levantaba un poco el antebrazo con el puño cerrado, pero la gente después comentó que mientras hablaba se puso rojo y le temblaban los labios.

Cuando terminó de hablar, todos tardamos un poco en reaccionar. Algunos de los chicos que venían de la elección comenzaron a aplaudir pero sólo se sumaron unas cuantas palmas.
-Bueno, entonces si la profesora nos permite vamos todos a cortar la calle y marchar, compañeros. – dijo el portavoz.

Todos dejamos el aula. En la calle, la gente se le acercaba a Bariloche y lo felicitaba o simplemente le dirigía la palabra. Era un héroe ahora, y hasta le permitieron llevar uno de los palos que sostenía la bandera del Centro de Estudiantes.

Algunos dejaron pasar un poco de tiempo y haciéndose los distraídos se fueron para la casa, otros se quedaron por ahí pero no fueron a la marcha. Yo me quedé un rato en la calle, hasta que se armó un debate en el que las agrupaciones se hacían distintas acusaciones con respecto a la elección del rector y otras situaciones anteriores que yo desconocía y me aburrí y me fui. Otros marcharon.

No estaba listo para la política.

8

Me encantaba ir por la mañana a la facultad aunque no hiciera mucha falta. Aprovechaba que mi papá trabajaba por la zona para que me acercara con el auto. Mientras hacía la corta cola para comprar un café con leche con medialunas, miraba a las estudiantes y a los profesores, concentrándome sobre todo en los de apariencia extraña, en los profesores locos, preguntándome cómo sería yo. Había un espejo muy grande en el que uno se podía mirar mientras le preparaban el desayuno. Me observaba y recordaba cómo era mi cara y mi cuerpo. No era lo mismo verse en el espejo del baño recién levantado, que media hora después en un espejo ajeno. Me sentaba por ahí, sin preferencia por ningún lugar y miraba un poco más a la gente y al televisor que estaba siempre a esa hora en canales de noticias. Comía y terminaba lleno, sintiendo la panza caliente como si tuviera a un oso bebé hibernando ahí adentro.

9

Cuando ya nos conocíamos un poco más, empezamos a ir algunos martes y miércoles a ver la “Champions League” a un bar cerca de la facultad, en la zona del Bajo. Lo hacíamos antes, después o durante algunas de las clases. Éramos tres o cuatro compañeros al comienzo, pero de a poco empezaron a sumarse más. Y el hecho, de que algunos se sentaran de espaldas al televisor del bar, ponía en evidencia que iban más por la cerveza y el maní que yo empecé a llevar, que por el fútbol. Eran tipos para los cuales algunas de las frases volcadas por los relatores sólo eran comentarios tirados al azar o frases originales, y no como muchas veces, verdaderas categorías de análisis.

10

Mientras estaba en la parada esperando el colectivo para ir a la facultad, pasó un tipo de mameluco naranja silbando algo, que me pareció que era el “Ave María”, aunque también podría haber sido cualquier otra cosa, como un bolero. Y después, inmediatamente, una ambulancia del Sindicato de Camioneros de Tucumán. Consideré esas dos cosas como buenas señales.

Pero el día en la facultad fue como muchos otros en los que no pasaba demasiado. Seguía haciendo mucho frío algunos días y uno podía entretenerse con el vapor que lanzaba de la boca.

El viernes algunos chicos tuvieron la recuperación de un parcial anterior. Yo estaba con René y otros compañeros esperando que salieran. Habíamos estado repasando con algunos. Carlitos rendía también pero no había querido repasar.

Cometí un error, porque en realidad no tenía muchas ganas de conversar, y le pregunté a René:
-¿Y vos que leés?
- De todo un poco –me dijo-, pero me gusta sobre todo la poesía más que la prosa. Los latinoamericanos sobre todo y la simpleza, porque la capacidad de síntesis es fundamental. En los exámenes te sirve mucho. También Herman Hesse, Orwell. “1984” ¡Qué hermoso libro! Bueno, y trato de leer mucho sobre Historia. Yo estudio Historia para entenderme como ser humano, para saber dónde estoy ubicado. Dónde estamos ubicados. Quiero hacer una teoría sobre la felicidad. Todos tenemos el mismo destino: un metro ochenta bajo tierra, el tema es ver qué hacemos mientras tanto, cómo llegamos a ser felices. Gracias a la Historia puedo entenderme como lo que soy, un pequeño elemento en un universo. Yo siempre fui un tipo muy complicado, me costaba ser feliz. Ahora estoy tratando de disfrutar. Elegí muchos malos caminos. No es que le hacía daño a alguien, sólo a mí. Ahora estoy tratando de disfrutar la vida, de darle a cada cosa su tiempo y lugar. Yo antes era alguien que le tenía mucho temor a la muerte. Ya no.

Carlitos salió pidiendo permiso para ir al baño y nos hizo algunas preguntas del examen. Estaba temblando mucho y tenía una sonrisa fuera de la cara. René le dio una respuesta que me pareció bastante incompleta, pero no podíamos decirle tampoco muchas cosas en esa situación.

Cuando Carlitos nos dejó y volvió al aula, René retomó su monólogo.
- A mí no me interesa la política, pero sí ver algunas cosas. Trato de leer lo que pasa por delante mío, lo que sea. Pasa que soy muy curioso. Me interesa pensar. Por ejemplo, estaba pensando entre las diferencias de lo teóricos del capitalismo y los socialistas. Entre los socialistas hay tipos muy pilas y muy inteligentes pero los teóricos del capitalismo siempre están un paso adelante – continuó, e hizo con la mano ese paso adelante.

Después me contó que estaba armando un comedor infantil en Tafí Viejo con un amigo que tenía mucha plata. René era un tipo muy solidario. Parecía tener muchas deudas con Dios también. Y no era molesto escuchar lo que decía, pero hablaba demasiado. Nos acompañaban una compañera que era fanática de la cumbia villera y Carlos, un enfermo del fútbol, que creo que casi no salía los fines de semana para jugar a la pelota. Cuando les decía a mis otros compañeros que me llamaba la atención su vida, me respondían que en su ciudad, la Banda del Río Salí, ésa era la única diversión. Se olvidaban del vino. No podía imaginarme que pensaban ellos al escuchar a René. Posiblemente le prestaran atención. Sus caras transmitían eso al menos. Pero, a partir de la mitad del relato, habrían renunciado o lo habrían considerado demasiado intelectual y un poco aburrido

La puerta se abrió y apareció diminuto y psicótico Carlitos. Continuaba temblando y sonreía. El garfio tiritaba más que de costumbre. Había terminado ya.
-¿Y que tal? - Pregunté
-Bien. Sí. No saben cómo tengo el corazón. Sí. Me fui acordando.

Su voz era una vibración líquida. Todo su cuerpo también lo era. Sonreía seguro de haber aprobado, aunque yo creía que seguramente no sería así. Pero no lo hacía de hijo de puta, tenía sinceramente la esperanza de que aprobara. Muy despacio, mi corazón también vibraba. René lo miraba con los brazos en la cintura, con aire bonachón y sacerdotal. Carlitos movía imperceptiblemente las orejas, la cara toda y mantenía los ojos bien abiertos y una mueca. Como un buitre. El ser humano era hermoso esa noche para mí.